Ante la visita del periodista de la capital Federico Somoza Moncada se creó un enorme revuelo en el pueblo. Y no era para menos, aquel hombre venía cargado con un extraño artilugio que decía captaba la imagen de la persona a la que enfocaba, dejándola impresa en una hoja, que no era de papel, pero sí parecida. Ante esta novedad, los habitantes de Villarobledo de Arriba, se amontonaban alrededor del visitante.
De Villarobledo de Arriba, llamaba especialmente la atención, ya desde la lejanía, la gran cantidad de torres medievales con las que contaba, siendo una población no demasiado grande, cosa que denotaba que sus habitantes habían vivido en la abundancia durante largo tiempo. La explicación de ello estaba en las minas de sal, y el comercio de esta valorada mercancía. Tanto era así, que no sólo se vendía en la comarca; también se exportaba a otras regiones del país y del extranjero.
La riqueza del país se había trasladado hacía ya tiempo a las ciudades, y aunque era cierto que la inversión burguesa se había alejado de los campos, la clase adinerada seguía sintiendo un extraño magnetismo hacia la vida rural, sus costumbres y su cotidianeidad. Debido a este interés, el director del periódico “Crónicas del siglo XX” había enviado a Federico a hacer un reportaje sobre Villarobledo de Arriba, y más particularmente sobre las fiestas de San Bidé.
De entre todas las torres, había una particularmente extraña y que atrajo la atención de Federico antes incluso de entrar en el pueblo; era una torre a la que habían ido añadiendo anexos, aparentemente, una vez ya estaba terminada. Como resultado era la torre más alta. Rodeado por la gente del pueblo, el periodista se metió en una venta que había en la plaza. El sol era castigador, y el viaje había sido largo e incómodo, así que sólo pensaba en refrescarse.
La sombra agradecida del establecimiento le recibió con frescor y olor a humedad, y cuando sus ojos se adaptaron a la nueva luz, Federico pudo ver un pequeño local con una barra y cuatro mesas, dos de ellas ocupadas por sendos grupos de ancianos que jugaban al dominó.
Federico se sentó en una de las mesas libres, y pidió que le trajesen un vermú. Los pueblerinos, que habían visto llegar al extraño, se agolpaban en la puerta de la venta, expectantes y curiosos. Un niño descarado se acercó al periodista tocó la cámara y salió corriendo entre risas.
Cuando el ventero le hubo traído su vermú, Federico aprovechó para preguntarle sobre la torre que coronaba el cielo del pueblo.
- “Esa era la torre de Emiliano Fonseca, gran terrateniente e hijo de puta de la comarca” – dijo jocosamente el ventero, provocando un estallido de risas entre los ancianos que jugaban al dominó.
Federico le preguntó que por qué la torre de Emiliano Fonseca parecía que estaba construida varias veces sobre una ya terminada. El ventero tomó un poco de aire, se fue hacia la barra, cogió un vaso y se sirvió otro vermú antes de sentarse al lado del visitante.
Fulgencio, que así se llamaba, le contó la historia de los Fonseca, la familia más adinerada y con más poder de toda la comarca desde hacía muchas generaciones, y sin lugar a dudas la más despiadada y odiada. Como demostración de poderío y dominio, el bisabuelo de Emiliano Fonseca, Justiniano, mandó construir la torre más alta, y el resultado se apreciaba desde algunos kilómetros antes de llegar a Villarrobledo de Arriba.
La explotación de las minas de sal adyacentes al pueblo había abierto una vía de escape a las corrientes subterráneas de agua, y éstas, desviaron su recorrido histórico al subsuelo del pueblo, que de hecho era muy rico en sal. El paso del agua hizo estragos en los depósitos de sal, deshaciéndolos poco a poco. Esto provocó el paulatino hundimiento de los edificios y las calles de Villarrobledo de Arriba, que por casualidades de la Historia y la Naturaleza, quedaba de este modo, unos pocos metros por debajo de la población vecina, Villarrobledo de Abajo.
Federico ya había sacado su libreta de notas, y escuchaba atentamente lo que le contaba el ventero. Fulgencio le explicó que tanto Emiliano Fonseca como sus antepasados se negaban a ver cómo su torre perdía altura, año tras año, y en un empecinamiento por mantener su poderío visual intacto, aumentaban la vertical de ésta, con nuevas obras.
El visitante estaba impaciente por saber más sobre las historias del pueblo, y aprovechando la pausa que hizo Fulgencio para echar un trago, le preguntó sobre las fiestas de San Bidé.
- “¡Qué impaciente es esta gente de ciudad!” – dijo el ventero mientras hacía un gesto con la mano que pedía calma. – “Eso viene ahora, todo está relacionado.”
Al parecer, Emiliano Fonseca ejercía su papel de terrateniente con extrema crueldad, y era temido a la vez que muy odiado por todo el pueblo, pero nadie hacía nada, por eso de no morder la mano que te da de comer. Hace algunos años, llegó al pueblo una caravana que traía muebles para Emiliano, según se comentaba de Francia, y entre ellos destacaba un artilugio de cerámica, de la altura de una silla baja y con tapa. Nadie supo identificar qué era o para qué servía, pero según se supo después, se trataba de un bidé. El bidé no era otra cosa que una especie de barreño que se llenaba de agua y servía para limpiarse el culo después de cagar. De esa forma, el señor Fonseca tendría el culo más limpio de la comarca.
Un buen día, Emiliano Fonseca quiso probar este nuevo invento, con tan mala suerte, que una vez sentado, la tapa cayó sobre su espalda, provocándole un pequeño desequilibrio, de tal suerte, que resbaló y se golpeó la cabeza contra el suelo del baño. El golpe fue fulminante, y en ese mismo momento, la estirpe de los Fonseca quedaba extinguida, puesto que Emiliano, sin descendencia, era el último de la odiada familia.
Cuando los habitantes del pueblo entraron en la casa de Emiliano, alarmados por una de las criadas que corría por la plaza del pueblo gritando “¡Está muerto, está muerto!”, ni siquiera la ridícula estampa del terrateniente, pantalones bajados, culo en pompa aun sucio y cara estrellada en el suelo con pequeño charco de sangre, consiguió detenerles de lo que fue el mayor saqueo de la historia del pueblo.
Nadie hizo nada para parar este atropello, pues Emiliano no merecía compasión de ninguno de sus vecinos, y cuando todo lo de valor hubo sido adjudicado a la marabunta, un rezagado se cargó el bidé al hombro y, al grito de “¡Nuestro salvador!” lo dispuso en un pequeño muro que había en medio de la plaza para disfrute de todos los vecinos. Era un 26 de octubre, y esa noche se celebró un banquete, como ni siquiera los más viejos del lugar recordaban, en honor de San Bidé.
El cuerpo de Emiliano permaneció en esa postura durante tres días, pues nadie se acordó de que yacía allí. Entonces fue enterrado en una fosa sin nombre fuera del pueblo.
Federico terminó su vermú y salió de la venta. Estaba atardeciendo, y la piedra de las torres adquiría un color intenso de tierra roja. El periodista enfocó la torre de Emiliano con su cámara y sacó una fotografía. Reparó entonces en que el bidé efectivamente se encontraba en el medio de la plaza, adornado con flores a los lados.
Consciente de que esta sería la fotografía estrella del reportaje, Federico cargó su cámara, enfocó a San Bidé y fotografío al artilugio traído de Francia que un día fue el liberó a la gente de Villarrobledo de Arriba.