domingo, 13 de diciembre de 2009

Espacios Vacíos

Me recoge cada mañana con su camioneta roja. No sé quién es ni cómo se llama.

Me trata con gestos de otra época, amable, cercano. Sin embargo, nunca nadie nos ha presentado. O a lo mejor no lo recuerdo. Sería normal, no recuerdo muchas cosas.

Atravesamos casi siempre espacios vacíos. Caminos que, se diría, no fueron atravesados antes. Entonces él me cuenta historias de otra época, amables, cercanas. Yo le escucho, atento. Sus palabras me mecen como en una cuna de nubes, hasta la duermevela.

Otras veces, sin embargo, conducimos por el centro de la ciudad. Chirriantes autobuses de dos pisos nos adelantan por los dos lados, y él necesita estar concentrado en no chocar contra la infinidad de coches, transeúntes, animales y señales de tráfico que se echan encima de su furgoneta. Esos días, no me cuenta historias. Sus palabras no me mecen en una cuna hecha de nubes, hasta la duermevela.

Hoy, poco antes de la salida del sol, ha sonado el teléfono. La camioneta no vendrá. Encogido frente a la ventana, he dejado caer el auricular y, buscando esperanza, he salido a la calle, confiado en que los primeros rayos del sol me infundirían valor para comenzar el día.

En la calle, un hombre alto, vestido con un traje, me esperaba junto a la cabina de teléfonos.

domingo, 26 de octubre de 2008

Las fiestas de San Bidé

Ante la visita del periodista de la capital Federico Somoza Moncada se creó un enorme revuelo en el pueblo. Y no era para menos, aquel hombre venía cargado con un extraño artilugio que decía captaba la imagen de la persona a la que enfocaba, dejándola impresa en una hoja, que no era de papel, pero sí parecida. Ante esta novedad, los habitantes de Villarobledo de Arriba, se amontonaban alrededor del visitante.

De Villarobledo de Arriba, llamaba especialmente la atención, ya desde la lejanía,  la gran cantidad de torres medievales con las que contaba, siendo una población no demasiado grande, cosa que denotaba que sus habitantes habían vivido en la abundancia durante largo tiempo. La explicación de ello estaba en las minas de sal, y el comercio de esta valorada mercancía. Tanto era así, que no sólo se vendía en la comarca; también se exportaba a otras regiones del país y del extranjero.

La riqueza del país se había trasladado hacía ya tiempo a las ciudades, y aunque era cierto que la inversión burguesa se había alejado de los campos, la clase adinerada seguía sintiendo un extraño magnetismo hacia la vida rural, sus costumbres y su cotidianeidad. Debido a este interés, el director del periódico “Crónicas del siglo XX” había enviado a Federico a hacer un reportaje sobre Villarobledo de Arriba, y más particularmente sobre las fiestas de San Bidé.

De entre todas las torres, había una particularmente extraña y que atrajo la atención de Federico antes incluso de entrar en el pueblo; era una torre a la que habían ido añadiendo anexos, aparentemente, una vez ya estaba terminada. Como resultado era la torre más alta. Rodeado por la gente del pueblo, el periodista se metió en una venta que había en la plaza. El sol era castigador, y el viaje había sido largo e incómodo, así que sólo pensaba en refrescarse.

La sombra agradecida del establecimiento le recibió con frescor y olor a humedad, y cuando sus ojos se adaptaron a la nueva luz, Federico pudo ver un pequeño local con una barra y cuatro mesas, dos de ellas ocupadas por sendos grupos de ancianos que jugaban al dominó.

Federico se sentó en una de las mesas libres, y pidió que le trajesen un vermú. Los pueblerinos, que habían visto llegar al extraño, se agolpaban en la puerta de la venta, expectantes y curiosos. Un niño descarado se acercó al periodista tocó la cámara y salió corriendo entre risas.

Cuando el ventero le hubo traído su vermú, Federico aprovechó para preguntarle sobre la torre que coronaba el cielo del pueblo.

-         “Esa era la torre de Emiliano Fonseca, gran terrateniente e hijo de puta de la comarca” – dijo jocosamente el ventero, provocando un estallido de risas entre los ancianos que jugaban al dominó.

Federico le preguntó que por qué la torre de Emiliano Fonseca parecía que estaba construida varias veces sobre una ya terminada. El ventero tomó un poco de aire, se fue hacia la barra, cogió un vaso y se sirvió otro vermú antes de sentarse al lado del visitante.

Fulgencio, que así se llamaba, le contó la historia de los Fonseca, la familia más adinerada y con más poder de toda la comarca desde hacía muchas generaciones, y sin lugar a dudas la más despiadada y odiada. Como demostración de poderío y dominio, el bisabuelo de Emiliano Fonseca, Justiniano, mandó construir la torre más alta, y el resultado se apreciaba desde algunos kilómetros antes de llegar a Villarrobledo de Arriba.

La explotación de las minas de sal adyacentes al pueblo había abierto una vía de escape a las corrientes subterráneas de agua, y éstas, desviaron su recorrido histórico al subsuelo del pueblo, que de hecho era muy rico en sal. El paso del agua hizo estragos en los depósitos de sal, deshaciéndolos poco a poco. Esto provocó el paulatino hundimiento de los edificios y las calles de Villarrobledo de Arriba, que por casualidades de la Historia y la Naturaleza, quedaba de este modo, unos pocos metros por debajo de la población vecina, Villarrobledo de Abajo.

Federico ya había sacado su libreta de notas, y escuchaba atentamente lo que le contaba el ventero. Fulgencio le explicó que tanto Emiliano Fonseca como sus antepasados se negaban a ver cómo su torre perdía altura, año tras año, y en un empecinamiento por mantener su poderío visual intacto, aumentaban la vertical de ésta, con nuevas obras.

El visitante estaba impaciente por saber más sobre las historias del pueblo, y aprovechando la pausa que hizo Fulgencio para echar un trago, le preguntó sobre las fiestas de San Bidé.

-         “¡Qué impaciente es esta gente de ciudad!” – dijo el ventero mientras hacía un gesto con la mano que pedía calma. – “Eso viene ahora, todo está relacionado.”

Al parecer, Emiliano Fonseca ejercía su papel de terrateniente con extrema crueldad, y era temido a la vez que muy odiado por todo el pueblo, pero nadie hacía nada, por eso de no morder la mano que te da de comer. Hace algunos años, llegó al pueblo una caravana que traía muebles para Emiliano, según se comentaba de Francia, y entre ellos destacaba un artilugio de cerámica, de la altura de una silla baja y con tapa. Nadie supo identificar qué era o para qué servía, pero según se supo después, se trataba de un bidé. El bidé no era otra cosa que una especie de barreño que se llenaba de agua y servía para limpiarse el culo después de cagar. De esa forma, el señor Fonseca tendría el culo más limpio de la comarca.

Un buen día, Emiliano Fonseca quiso probar este nuevo invento, con tan mala suerte, que una vez sentado, la tapa cayó sobre su espalda, provocándole un pequeño desequilibrio, de tal suerte, que resbaló y se golpeó la cabeza contra el suelo del baño. El golpe fue fulminante, y en ese mismo momento, la estirpe de los Fonseca quedaba extinguida, puesto que Emiliano, sin descendencia, era el último de la odiada familia.

Cuando los habitantes del pueblo entraron en la casa de Emiliano, alarmados por una de las criadas que corría por la plaza del pueblo gritando “¡Está muerto, está muerto!”, ni siquiera la ridícula estampa del terrateniente, pantalones bajados, culo en pompa aun sucio y cara estrellada en el suelo con pequeño charco de sangre, consiguió detenerles de lo que fue el mayor saqueo de la historia del pueblo.

Nadie hizo nada para parar este atropello, pues Emiliano no merecía compasión de ninguno de sus vecinos, y cuando todo lo de valor hubo sido adjudicado a la marabunta, un rezagado se cargó el bidé al hombro y, al grito de “¡Nuestro salvador!” lo dispuso en un pequeño muro que había en medio de la plaza para disfrute de todos los vecinos. Era un 26 de octubre, y esa noche se celebró un banquete, como ni siquiera los más viejos del lugar recordaban, en honor de San Bidé.

El cuerpo de Emiliano permaneció en esa postura durante tres días, pues nadie se acordó de que yacía allí. Entonces fue enterrado en una fosa sin nombre fuera del pueblo.

Federico terminó su vermú y salió de la venta. Estaba atardeciendo, y la piedra de las torres adquiría un color intenso de tierra roja. El periodista enfocó la torre de Emiliano con su cámara y sacó una fotografía. Reparó entonces en que el bidé efectivamente se encontraba en el medio de la plaza, adornado con flores a los lados.

Consciente de que esta sería la fotografía estrella del reportaje, Federico cargó su cámara, enfocó a San Bidé y fotografío al artilugio traído de Francia que un día fue el liberó a la gente de Villarrobledo de Arriba.

Winston

 Seguían llegando.

 Era increíble. Winston miraba a su alrededor pero no entendía nada. No podía parar de darle vueltas a la cabeza. ¿Por qué ahora? ¿Por qué aquí?

 La población no paraba de aumentar y la alarma social era ya exagerada. Sin embargo, ninguna de las medidas del gobierno habían conseguido ponerle freno. Winston había oído hablar del increíble aumento de población que tuvo lugar en los países desarrollados entre los años 50 y 70, pero… maldita sea, eso no tenía sentido en pleno 2008. Los ministerios de sanidad y educación de todo el mundo habían invertido millones para conseguir controlar unas cifras de crecimiento que, aún en aquel contexto, resultaban absurdas. Tal vez en países emergentes, cuya economía es lo suficientemente elástica como para admitir un censo continuamente creciente… pero,  ¡en España! Era imposible.

Necesitaba más datos. Se preguntaba si aquello que veían sus ojos que estaba pasando a su alrededor, estaría ocurriendo en todo el país. O quién sabía si en todo el continente…

Winston se había criado en EEUU. Su padre, Philipp, le había llevado a las mejores escuelas, le había rodeado de las mejores amistades. Sin embargo él seguía sintiéndose a mil árticos kilómetros de sus conocidos. Winston era especial. Al contrario que a sus compañeros, nuestro protagonista disfrutaba de la compañía femenina más que de la masculina. Incluso sentía que era mejor aceptado entre sus conocidos homosexuales que en sus círculos habituales. No sentía que pudiera desarrollar su forma de ser en una sociedad como aquella en la que se encontraba. Es por ésto que viajó a Europa y acabó recalando en España.

Winston miraba a su alrededor, intentando concentrarse… Quería encontrar una solución. ¿Por qué ahora? ¿Por qué aquí?

De pronto sonó el teléfono. Miró hacia el cielo como buscando encontrar una respuesta y le vio caer.

¡Bang! Un golpe secó levantó una gran nube de polvo del suelo y Winston quedó desconcertado durante unos segundos. Entonces volvió a abrir los ojos y le vio.

Junto a él yacía, inmóvil, el número 14.

Le ayudó a levantarse. Le miró de arriba a abajo y le abrazó.

-         Bienvenido. Ven conmigo.

-         Eres… eres azul – tartamudeó el recién llegado

-         Sí, soy azul. Como tú… Ven, te presentaré a los demás.


martes, 14 de octubre de 2008

TEORIAS DE LA CONS E INSPIRACION

Hortensia Gómez es la máxima favorita para ganar el apreciado trofeo literario de la Ciudad de Canutillo. Fumadora empedernida de los conocidos cigarrillos sin filtro “Amaneceres”, se encuentra rodeada de 6 cajetillas vacías de dicha marca y su humo correspondiente, el cual es creciente pues retiene es su haber 7 cajetillas más recién adquiridas por su secretario Inocencio Figura. En esta ocasión, la razón para tal exceso es que el “infierno futurista de comunicación alámbrica”, en voz de nuestra protagonista, está “más callado que un puta”, en voz de la madre de la artista, la cual no aparece en el relato por solicitud propia. A la espera del fallo del jurado y a llamada de su editor que le informará de si ha recibido el premio. Pero sorprendentemente, y de eso va el relato, a Hortensia Gómez poco le interesa el premio, el trofeo o el dinero, porque acabaría como todos. Empaquetados al vacío, desinfectado, fumigado y almacenado en la cámara acorazada de su humilde ático de la 5ª Avenida frente al Central Park. Lo que a Hortensia le interesa al ganar el premio de la ciudad de Canutillo es ganar a su archirival literaria Ulloa Moqtezuma, igualmente egocentrica y triunfadora pero que no tiene abuela.
Ambas dos, por enfatizar la dualidad de la pareja, se enfrentan desde hace años a la encarnizada discusión literaria sobre el origen de la best Seller. Una de ellas, no queremos decir él nombre para no generar juicios de valor, apoya la teoría de que el best Seller surgió como un movimiento revolucionario de los prefranceses prejacovinos para auto atacarse y de esa forma ganar adeptos. Las bases de aquella novela debían promover ideas absurdas que movilizarán a un gran numero de personas en contra de ellas, si esas ideas iban en contra de un grupo, este aumentaba su número de afiliados, adquiriendo más poder en el pueblo. Federique j. Lesaints fue uno de su máximos exponentes con su obra póstuma “Ya te lo dije yo”. En la otra esquina, y con una maquina de escribir Smith Premier, la defensora de la teoria de inspiración que defiende el suplo bíblico de la novela. Descubridora de la obra manuscrita de Tello Fnek, uraño monje que retirado del mundo dejó escrita la mejor novela hasta ahora escrita pero que no leyó nadie hasta que nuestra no protagonista la descubrió. Según ella tal era la fuerza de dicho manuscrito que através de las ondas hertzianas o/y alguna otra inspiró a tantísimo escritores como por ejemplo el anteriormente mencionado Lesaints.
Debido a que esta disputa no se solucionaba desde hacia años, y cada una arremetía incestuosamente contra la otra, ganando cada vez más lectores y seguidores, la organización mundial de escritores por descubrir, a partir de ahora OMED, les propuso una batalla literaria basada en cada una de sus teorías, así si la inspiración de Fnek no llevaba a la mestiza a escribir una mejor novela que la maldad y mala leche de la otra, esto llevaría a demostrar que la teoría de conspiración era cierta.

Tras trece cajetillas el telefono sonó, la tensión se mascaba, Hortensia permaneció sin decir palabra e Inocencio se esperaba lo peor. Tras colgar y encenderse el último cigarrillo, dijo “Casildo Bahamontes, tocate los cojones,…flipa.”.

Érase una vez (II)

...un blog llamado Escruzzel...

lunes, 13 de octubre de 2008

Empieza el Juego

Era se una vez...

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