Me recoge cada mañana con su camioneta roja. No sé quién es ni cómo se llama.
Me trata con gestos de otra época, amable, cercano. Sin embargo, nunca nadie nos ha presentado. O a lo mejor no lo recuerdo. Sería normal, no recuerdo muchas cosas.
Atravesamos casi siempre espacios vacíos. Caminos que, se diría, no fueron atravesados antes. Entonces él me cuenta historias de otra época, amables, cercanas. Yo le escucho, atento. Sus palabras me mecen como en una cuna de nubes, hasta la duermevela.
Otras veces, sin embargo, conducimos por el centro de la ciudad. Chirriantes autobuses de dos pisos nos adelantan por los dos lados, y él necesita estar concentrado en no chocar contra la infinidad de coches, transeúntes, animales y señales de tráfico que se echan encima de su furgoneta. Esos días, no me cuenta historias. Sus palabras no me mecen en una cuna hecha de nubes, hasta la duermevela.
Hoy, poco antes de la salida del sol, ha sonado el teléfono. La camioneta no vendrá. Encogido frente a la ventana, he dejado caer el auricular y, buscando esperanza, he salido a la calle, confiado en que los primeros rayos del sol me infundirían valor para comenzar el día.
En la calle, un hombre alto, vestido con un traje, me esperaba junto a la cabina de teléfonos.
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